Desde que era pequeña, siempre me he sentido como Mowgli, corriendo descalza, trepando, sin descanso (me parecía que era una pérdida de tiempo, como comer sopa), buscando aventuras y explorando el mundo a mi manera. ¡Nunca podía estar quieta! A los 9 años mi madre me llevó al primer psicólogo y le dijeron que era HIPERACTIVA (en aquel momento, ya sabéis...) Ya de adolescente, me lancé de lleno a la fiesta, sin frenos, sin límites, disfrutando de la vida con toda mi energía. No necesitaba nada más que mi propia vibra para moverme, sin caer en lo que muchos consideran "necesario" para disfrutar al máximo. De hecho, ni me hacía falta un chute externo para mantener esa fuerza desbordante (a pesar de que incluso mi madre llegase a dudar de mi en "eso").
Siempre sana, siempre activa, sin límites. Era mi propia chispa, mi propio motor.
Mi mudanza a Tarifa marcó un antes y un después.
Allí, no solo descubrí una nueva forma de vivir, sino que también comencé a notar cómo mi cuerpo empezaba a dar señales de alerta. La energía desbordante que siempre me había caracterizado empezó a desaparecer. Me costaba mantener el ritmo, me lesionaba con facilidad y la fatiga se convirtió en una constante en mi vida. A pesar de todo, no me detuve: seguí adelante. Y puse mi cuerpo al límite, me formé en salvamento marítimo, haciendo voluntariado en rescates, y también en este período de vida fundé mi asociación de protección animal, un espacio en el que mi pasión por los animales y mi activismo social comenzaron a tomar forma.
Esta causa se mantiene viva en mi corazón hasta el día de hoy, moviéndome siempre por la justicia y la empatía hacia los que no tienen voz. Mi activismo, tanto por los derechos de los animales como por el bienestar de las personas, sigue siendo una parte esencial de mi vida.
En 2012, la vida me mandó una de esas señales que no puedes ignorar: un carcinoma en el útero. Me operaron, me tocó dar un paso atrás para ponerme bien, y mientras tanto, empezaron a investigar todos esos síntomas que llevaba años arrastrando. Conclusión: fibromialgia, ese "cajón desastre" donde te meten cuando no saben qué te pasa. Lo que te mandan para, supuestamente, llevar una vida normal fue tramadol... y al poco me sentí como un zombie, literalmente, sin ganas de vivir. ¿La respuesta? Ni de coña.
Decidí no seguir anestesiando mi cuerpo, sino escuchar lo que me pedía.
Y empecé a cambiar todo: me pasé a teletrabajar para dejar de matar mi energía en una oficina 8 horas, empecé a digitalizarme, a formarme de verdad, a invertir en mis conocimientos para poder desarrollarme en el mundo digital. El futuro estaba ahí, y yo no iba a quedarme atrás. Además, seguí adaptando mi vida a lo que necesitaba mi cuerpo, porque no iba a dejar que ningún diagnóstico me definiera. En 2019 me cayó otro de intolerancias alimentarias varias, pero ya sabía que no me iba a limitar. Mi vida no se podía ver sujeta a un informe médico, sino a mi capacidad para innovar y adaptarme.
Y, volviendo al tema del teletrabajo, empecé a moverme en el mundo de los grandes eventos con robótica y tecnología avanzada para grandes empresas. Me introduje en un sector que me apasionaba profundamente: la integración de la inteligencia artificial con la creatividad humana. Trabajaba desde casa el 80% del tiempo y después asistía a los eventos donde robots e inteligencia artificial eran los protagonistas.
Cada proyecto era un desafío nuevo, una bonita locura, desde la creación de experiencias inmersivas hasta la gestión de equipos para implementar innovaciones tecnológicas.
Y cuando crees que ya está, que ya lo tienes todo, tu mundo profesional se desploma. Había estado en lo más alto de mis sueños, jugando y trabajando al mismo tiempo, VIVIENDO DE VERDAD, y de repente… ¡BOOM! Todo explota por los aires. Eventos cancelados, empresas congeladas, incertidumbre absoluta. Fue un bajón brutal. Pero si algo tengo claro es que cuando una puerta se cierra, yo no me quedo esperando a que alguien me abra otra.
Mientras todo el mundo se encerraba y empezaba a teletrabajar por primera vez, yo, que llevaba años en el mundo digital, quería justo lo contrario (para no variar): estar en la calle, en la acción, mover el cuerpo, hacer algo con mis manos. Así que me activaron en Cruz Roja, en el equipo de Rescate Inmediato en Emergencias (ERIE), y me lancé a ayudar en lo que hiciera falta. No me quedé en casa.
Entre guardia y guardia, volví a estudiar, formarme y diseñar (oooootra vez) mi futuro. La pandemia no solo me sacudió, me cabreó, me hizo ver que el sistema podía cambiar de la noche a la mañana, que las reglas no eran fijas y que si algo quería hacer, tenía que hacerlo ya, a mi manera, sin esperar el permiso de nadie.
Punto de "no retorno"
En 2022 me surge una oportunidad que, en teoría, tenía todo lo que me gustaba: dirigir proyectos, formar equipos, teletrabajar, viajar y liderar con sentido (y pasta gansa, sí, a mi también me gusta el dinero). Me encargaron la gestión de un proyecto a nivel de la Comunidad de Madrid y el norte de España para una multinacional de retail bastante conocida. Sonaba de puta madre.
Lo que no sabía es que me metía en una trampa. Desde el minuto uno, mi jefe resultó ser… bueno, digamos que sus habilidades (y ganas) eran muy limitadas o inexistentes. No sabía lo que era el liderazgo, no tenía formación, ni ganas de aprender. Intenté enseñarle tanto como pude, pero como dicen nuestros abuelos "de donde no hay, no se puede sacar". Así que terminé haciendo su trabajo además del mío. Le asesoraba, le cubría, intentaba ayudarle a crecer… pero él solo se dedicaba a quedar bien con los de arriba mientras yo sostenía su puesto.
Mi último "salto cuántico"
Hasta que en 2024 todo reventó. Mis compañeros estaban quemados, él no hacía nada y, lo peor, se ponía del lado de los que nos pisoteaban. Ahí dije: BASTA. Salí de la sombra y hablé. Defendí al equipo, a nuestro curro y todo aquello en lo que creo. Y claro… me despidieron en 24 horas.
¿Y sabes qué? Gracias. Porque ese mismo día entendí que yo ya no estaba para regalar mi talento a empresas (ni a personas) que solo me querían sumisa y calladita. Que si voy a currar, tiene que ser en algo que me haga vibrar, y que realmente ayude a la gente.
Y a este momentazo, se le suma mi "último" diagnóstico: Hipersomnia Diurna asociada a narcolepsia. Otro punto de inflexión donde mi cuerpo me recordó que: PRIMERO YO.
Así que aquí estoy. Con mi propio negocio, mis propias reglas y, sobre todo, sin miedo a rugir cuando algo no me cuadra. Y a descansar tanto como mi cuerpo necesite.
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